
Ulises no ató bien sus manos al mástil, nunca sabremos si fué conscientemente, pero el cuero aflojaba en cada golpe de mar y sus muñecas quedaban cada vez mas libres, con mas movimiento.
La brisa y algunos retazos de olas le mojaban el rostro, el sabor a salitre le devolvía la consciencia, el recuerdo de un regreso que no deseaba, el fin de unas aventuras que aún no consideraba terminadas.
El calor del sol de mediodia le quemaba la piel, desnudo el torso, apenas sujeto ya al centro de su barco, ese mismo sol derretía la cera de sus oidos...
desde lejos le llegaban unos cantos cada vez más claros, más tentadores, sumiendo en letargo los recuerdos del lugar al que volver.
Y se perdió en el canto de las sirenas, y rasgando el pecho un grito, el último esfuerzo por no dejarse llevar, rompió las cuerdas que lo sujetaban y viró el barco en dirección al canto. Al espejismo de sirenas, a la felicidad de quita y pon, negándose la calma, el regreso a casa, a unos brazos donde siempre estuvo la paz.
Penélope seguía deshaciendo lo tejido durante el día cada noche, seguía esperandole con la vista fija en el horizonte cada amanecer, consumiendose en el miedo y la angustia.
Penélope sabía que él no regresaría jamás y se despertaba con el titilar de la ultima estrella, con el brillo del primer rayo, con la primera gota de lluvia, con el cambio de cada estación, esperando sin esperar, sabiendo que
nunca hubo regreso a Ítaca.

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