Podría decir que le conozco demasiado, quizá porque hace ya mucho tiempo, pero otras veces logra sorprenderme con cada una de sus reacciones.
Tropezamos hace ya algunos años y demasiadas lluvias en ese pequeño pueblecito que poco a poco ha sido absorvido por la gran ciudad, hasta llegar a ser poco mas que un barrio y algunas paradas de metro.
Entonces tenía muchos sueños, los rizos cortos y unas cuantas pendientes de primero de periodismo.
Era tímido en multitudes e incansable en pequeñas compañías.
Era crédulo y delgadito. Ahora siguen haciendole falta un par de bocadillos, pero en su mirada lees que ya no queda mucha de aquella inocencia.
En verano iba a la playa, como tantos cosmopolitas, de la mano de sus padres y volvía negro como el tizón, ese color que tanta envidia daba a sus amigos.
Desde que me mudé hasta que nos reencontramos fue el tiempo el que nos dejó pasar a nosotros. Quiero pensar que tuvimos demasiado que decirnos y ninguno encontramos la voz que necesitabamos.
Me regaló algun cuento de esos que hacen reir y llorar a la vez, y me escoltaba muchos dias en mis andanzas, con una idea inicial y sin ningun rumbo claro conforme empezabamos a caminar.
Recuerdo a veces, siempre sonriendo, un día que al llegar donde habiamos quedado, tarde como siempre, lo encontré sentado en el alfeizar de un escaparate al lado de un señor mayor.
Él asentía y de vez en cuando opinaba.
Me quedé parada en mitad de la acera, observándolo hasta que notó mi presencia, recuerdo que tenía la cabeza ladeada, como si así escuchase mejor.
Al verme se levantó, muy rápido, haciendo que el señor reparase en mi.
Antes siquiera de que pudiesemos saludarnos, el hombre sonrió y dijo algo que no recuerdo con exactitud, algo sobre esperar y recompensas, algo sobre no dejar escapar a alguien.
No he logrado recordar dónde íbamos, pero nunca olvidaré su cara poniéndose muy muy roja.
Hemos seguido haciendo coincidir algunos caminos, buscando momentos y lugares, celebrando cumpleaños, llorando con y sin el otro, y acumulando recuerdos que nada tienen que ver con el tiempo que hemos pasado juntos.
Ahora le han crecido los rizos, y dice que algunas dudas. Yo no se si podría asegurarlo.
Escribe pequeñas historias, en forma de poemas, de letras de canción, y si se lo pides con cara de ilusión puedes lograr que cante.
Este último verano decidió estrenar el coche que certificaba sus 23, y rodó buscando el mar, como decía aquella canción, y llamaba desde la playa, justo cuando atardecía.
Trajo versos con algo de asfalto y mucho salitre.
Si bien no puedo asegurarlo, creo que le rompieron el corazón, y tengo la certeza de que anda creciendo.
Vive pegado a la prensa, pero sueña de corazón con volver a la radio y yo a veces aun la enciendo por ver si así escucho su voz.

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