miércoles, abril 26, 2006

Fahrenheit 451




(Esta entrada contiene spoilers, tanto de la novela como del libro homónimos)


‘Una distopía es aquella sociedad que se considera indeseable, por algún motivo determinado.
El término fue acuñado como antónimo de utopía y se usa principalmente para hacer referencia a una sociedad ficticia (frecuentemente emplazada en el futuro cercano) en donde las tendencias sociales se llevan a extremos apocalípticos.’

Wikipedia (http://es.wikipedia.org/wiki/Distop%C3%ADa) 25/04/2006

¿La sociedad que nos presenta Fahrenheit 451 es una distopía feliz? ¿Se puede considerar esta afirmación una contradicción?
Montag, el protagonista de la película, pertenece a una brigada de bomberos, pero contrariamente a lo que nosotros entendemos por dicha profesión, la misión de esta brigada no es sofocar incendios, sino provocarlos para quemar libros.

En el país de Montag está completamente prohibido leer, porque leer obliga a pensar e impide ser feliz. En el país de Montag hay que ser feliz por mandato.
Aun así, y en contraposición a la felicidad planteada por la ley, nuestro protagonista no se encuentra completamente satisfecho, aunque de manera inconsciente.
Su vida roza la perfección, 10 años de trabajo impecable, un hogar futurista perfectamente equipado y una esposa totalmente alienada por la televisión. Y no es, sino una simple insinuación sobre las bases inestables de la perfección en que vive y sobre la verdadera naturaleza de su trabajo, lo que consigue desestabilizar el mundo perfecto que se ha creado.
Una simple insinuación consigue despertar su curiosidad sobre el objeto de destrucción, los libros.

¿Qué es lo que convierte los libros en proscritos? ¿Qué contienen que sea tan peligroso como para perseguir su extinción? Montag es incapaz de deshacerse de esa idea y decide aprender a leer, una habilidad que tenia totalmente olvidada, para así solventar la duda que le causa desasosiego.
Como el abad de ‘El nombre de la rosa’ guardián de la correcta moral, y perseguidor de los libros prohibidos, atesora y lee esos textos, supuestamente nefastos para la sociedad en que vive, y su curiosidad, en un principio sana, como cualquier otro rasgo característico del ser humano, se transforma en afán de conocimiento rayando, incluso, la morbosidad.
Para Montag su recién descubierto paraíso hunde la utopía en que cree vivir, le hace dudar de las bases sobre las que establece toda su vida y lo convierte en fugitivo.
Como todas las pasiones, se convierte en su propia destrucción.

Quemar libros es un acto de agresión, violento una vez cobra sentido como la culminación del control gubernamental frente a la libertad de pensamiento.
¿En que se diferencia realmente esa agresión planteada por la película de aquella en la que vivimos actualmente? Porque tan nociva es la destrucción de los libros por abrasión, como la destrucción de la cultura inundando el mercado de libros vacíos de contenido. En palabras del propio Bradbury: ‘hay peores cosas que quemar libros, una de ellas es no leerlos’.
¿Nos estamos abocando hacia un vacío cultural provocado por la falta de interés de aquellos libros que se nos ofrecen?

Montag huye, y comprueba que no está solo en su escapada, no ha sido el único que sucumbe a la tentación, que se apasiona, que siente, que se cautiva con las historias plasmadas en los libros.
La distopía se convierte en utopía en el nuevo mundo que se abre ante los ojos de Montag, donde cada persona memoriza un libro para asegurarse de que así perdure, donde las historias pesan frente al cambio de soporte que el avance de los tiempos exige.
Y este también es un tema de actualidad.
Porque no sólo el fuego destruye los libros, sino también el avance de la tecnología, no tenemos más que mirar a nuestro alrededor y comprobar como el soporte digital reduce las posibilidades de un mercado que se creó a base de imprentas clandestinas, superando la censura y el acceso limitado a la literatura.
Quizá no es el soporte lo que debe preocuparnos, siempre y cuando el método que eligen los proscritos, el boca a boca, no varíe el contenido de las obras. Tal vez éste sólo es un nuevo método de crear nuevos libros, si algún día consiguen ser libres de nuevo para escribir, y sobretodo leer.

¿Qué nos aporta Fahrenheit 541 en relación a nuestras vidas? La película, así como la novela en que está basada transmiten un sentimiento de rechazo frente al control del pensamiento, la alienación mental que produce la televisión, y frente a agresiones históricas como la censura de libros en Estados Unidos, resultado de la "caza de brujas" del senador McCarthy, al igual que la quema de libros en la Alemania Nazi en 1933.

Desde el punto de vista de un futuro ‘profesional de la información’ quizá no debemos estancarnos en la destrucción del soporte solamente, y abrir los ojos a la evolución digital, la velocidad de transmisión y facilidades para acceder a los e-books, y los documentos sonoros como alternativa a las dificultades para la lectura que plantean los problemas de visión.

Personalmente, y quizá rayando en el romanticismo, valoro el tacto de las páginas impresas, el olor de los libros nuevos que van a ser leídos por primera vez, las trazas del tiempo en aquellos que han pasado de mano en mano y que llevan impresos a fuerza de ser abiertos, historia y humanidad. Los valoro como parte inseparable del placer que, para mi, conlleva la lectura.

2 comentarios:

Alfredo Tarancón dijo...

No se si lo has leido, pero en la recopilacion de ensayos "Zen en el arte de escribir" Bradbury cuenta como en 1982 recupero a los personajes, que le contaron nuevas historias, cosas que se habian quedado por contar.

En una de esas escenas,el jefe de Montag, Beatty, le lleva a su casa y le muestra una biblioteca llena de libros. Miles, y le habla sobre la ironia de tener libros y no leerlos. Y sobre la pasion que sentia de joven. Y acaba contandole como la perdio...

"- Bueno, me sucedio la vida.- El jefe cierra los ojos para recordar.- La vida. Lo de costumbre. Lo mismo. El amor qe no marcha del todo, el sueño que se vuelve agrio, el sexo que se hace pedazos, las muertes demasiado rapidas de amigos que no se lo merecen, el asesinato de uno, la locura de otro, la lenta muerte de una madre, el suicidio brusco de un padre... una estampida de elefantes enfurecidos, un ataque total de la enfermedad. Y por ninguna parte, ninguna, el libro justo en el momento justo para rellenar la grieta de la presa que se viene abajo y contener la inundación, o recibir una metáfora, encontrar un simil. Hacia el final de los treinta años, al borde de los treinta y uno, recogi mis pedazos, cada hueso roto, cada centimetro de carne escoriada, magullada o herida. Me mire en el espejoy perdido bajo el asustado rostro de un joven vi un viejo, vi odio por todo, por cualquier cosa, nombra lo que sea y la maldecirey abri las paginas de los magnificos libros de mi biblioteca y ¿que encontre? Que , que?
Montag se aventura:- ¿Paginas vacias?
- ¡Premio! ¡Si, en blanco!Bah, estaban las palabras, de acuerdo, pero me resbalaban por los ojos como aceite caliente, sin ningun significado. Sin ofrecer ayuda, ni consuelo, ni paz, ni abrigo, ni a mor verdarero, ni cama ni luz."

Anónimo dijo...

A uno le parece a la luz de estas ideas que eso de leer un libro se está convirtiendo en un arte de restauración, como hacer un guiso o bordar una rebeca. Para mí siempre ha sido habitual el llevar algún libro encima: ¿tienes un cigarro?, no, pero tengo un libro. ¿Me dejas el walkman?, no llevo, pero tengo un libro.
Opino que el formato del libro es la excelencia de la ergonomía para la lectura. Ningún otro formato capaz de albergar contenido literario es tan práctico como el libro.
Si bien es el contenido lo que importa, es ahora el continente el que exije su puesto de gloria en la Historia pues al final parece demostrarse un paralelismo entre la crisis del libro como formato y el creciente analfabetismo y aniquilamiento del placer por la lectura.
Es como si el poder tocar las páginas dotase a la lectura de algo más trascendental que el mero hecho de leer el contenido en cualquier otro formato.
No es lo mismo leer "El lobo estepario" en un PDF en la pantalla del PC que en una edición de bolsillo con las tapas gastadas y la hojas amarillentas.
Los que gustáis del olor del papel y del tacto de las páginas sabéis a qué me refiero...
El libro como formato predispone a la adquisición del contenido de una forma más excelsa, menos relacionada con la inmediatez que la tecnología procura.
Es como si el libro supusiese una personificación del conocimiento, la literatura hecha carne o algo así. Al libro se lo quema como si se quemase al autor de las ideas que contiene. Su valor simbólico como objeto es tremendo y es lo que nos estamos cargando hoy.
Hoy se da poca importancia a la lectura seguramente por la democratización del conocimiento que de la mano parece llevar una depresión en su calidad. Cuanto más inmediato y accesible es un formato, más se despreocupa uno del valor de una obra literaria.
Cuando el contenido se va virtualizando cada vez más, el continente es marginado como rareza de la antigüedad, como soporte ingénuo...
Dedicar tiempo para leer significa hoy por hoy mucho. Pero dedicarlo para leer libros -sí, esos seres con lomo que hablan sin boca- es cada vez más una rareza.