
Jávea.
Mediados de julio, media tarde... el ritual casi se repite año tras año, libro, café, música y toda la bahía para soñar.
A veces sólo tengo una banda sonora mientras miro como cambia el color del mar, otras veces leo historias que ni siquiera transcurren cerca. Algunas veces me siento a escribir y dejo que las historias ocurran en ese mismo lugar, en ese momento, en los años que vienen y van con los atardeceres.
Es el primer lugar que visito cada mañana, aun con el pelo revuelto y los sueños pegados a los ojos, el olor del mar, su brillo de plata y sobre todo la tranquilidad que se respira a todas horas.
Otras veces es el último lugar que visito, suele refrescar, y el faro gira alertando de la presencia del cabo, marcando rítmicamente el compás de lo que tengo, de mis posesiones, de las posesiones que tomé prestadas como música de fondo.
Es un lugar común con un gemelo, hay otra terraza muy cercana que cumple la misma función, para otra persona muy diferente.
Testigo de como hemos crecido, de los buenos dias, las buenas noches, conversaciones, escapadas y una cercanía convertida en amistad. Ha sido testigo de una despedida.
Ahora está vacío. Está esperando el reencuentro.
Para Jaime

1 comentario:
Hay lugares comunes y miradas que apuntan al mismo sitio, casi siempre suele ser el mar. Ahora también pierdo mi mirada al mismo punto que tu texto, en una semana paso de la sal al hormigón. También se te echa de menos en este levante, hay que prometernos alguna escapada. Un beso Deivid.
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