Se querían.
En todas las historias suelen quererse. O al menos esa es la mentira más comun que da pie a la literatura.
Se querían, o al menos estaban acostumbrados el uno al otro.
El aprendió a no quejarse cuando los pies de ella buscaban un hueco para entrar en calor, entre el sofá y su trasero.
Ella ya apenas lo empujaba cuando él se ponía a roncar en medio de su serie favorita, esa que veían porque era a él al que le encantaba.
Los viernes cenaban pizza, y él odiaba la costumbre de ella de desayunarla fria los sabados, casi a la hora de comer, cuando correteaba descalza por la casa, con esa hiperactividad que nunca había entendido cómo podia invadirla por las mañanas.
Los lunes por la mañana nunca le dejaba café. Salía de la ducha antes que ella y terminaba la última taza, apurando los minutos antes de salir juntos de casa, mas debido al horario que al deseo mutuo de despedirse con un beso al cruzar el portal.
Era su pequeña venganza porque siempre acababa rellenando ella sola el crucigrama del periódico de los domingos, como en una competición contra si misma. Si la inteligencia de ella lo dejaba sin crucigrama, que desayunase en el bar de al lado de la oficina.
Con lo sencillo que hubiese sido para ambos hacer una cafetera el domingo por la noche, o incluso el lunes antes de la ducha. También podrían haber comprado 2 periódicos dominicales, con la excusa de dos puntos de vista ante el mismo horror que venía impreso.
Podrían haber dejado de pedir pizza, alquilar películas en dvd, desayunar zumo, poner en común las desavenencias...
Prefirieron estamparse mutuamente y uno a uno todos los platos de la vajilla de colores que habian elegido, cogidos de la mano, en aquella tienda de diseño del centro.
Meter las pertenencias del otro en una bolsa grande, alegando falta de espacio, todo tuyo, nada mío, y regalarte todos los bienes comunes es una muestra de generosidad que maquilla la incapacidad de mirar nada que me recuerde que aun sigues con vida.
Podían haber sido adultos y civilizados, y hasta este punto diremos que decían que se querían.
Y es que simplemente se querían.
Por eso él desayunó pizza fria el primer sábado que despertó sin ella a su lado.
Por eso ella sigue desayunando en el bar de al lado de la oficina, aunque sabe que nunca bebe la última taza de café.
Por eso él ya no lee el periódico los domingos, y sabe que aunque lo hiciese, nunca podría rellenar el crucigrama solo.
Por eso ella llora ahora delante del último capítulo de la última temporada de aquella serie que no recuerda si llegó a gustarle.
Por eso él nunca le devolvió la llamada a ninguna de esas mujeres que se sientan tranquilamente en el sofá sin ocupar su espacio, sin recordarle con sus pies frios que están ahi.
Se querían, se querían tanto que lo que mas añoran son los defectos que antes les sacaban de quicio.
Se querían.
Por eso ambos tienen ahora sendas vajillas de colores que compraron, yendo solos, en aquella tienda de diseño del centro.
martes, octubre 10, 2006
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

5 comentarios:
Precioso relato.
Doy fe de que se querían, o al menos alcanzaron lo más próximo que se puede llegar por tu parte a quererse.
He agregado tu weblog en mi página de favoritos, sigue escribiendo me encanta perderme unos minutos por aqi.
Firmado:no tengo alas
Me ha encantado...yo tambien creo que se querian
es una pena que no "pusieran en común sus desavenencias"
un besote y sigue escribiendo asi de bien!!
Boluda!!!! ***
me hiciste lagrimear!
todo con la excusa que vea "cierto" comentario...
Vos decís que se querían?
Para mí es gataflorismo... en fin
Kisses :D
Publicar un comentario